lunes, 11 de noviembre de 2013

Sira, guía local de Piornedo - Matilde Sanz Rebato




Una salida de club. Día de alguna niebla y buenos propósitos: yo me pego a ti y hacemos todo lo que podamos. El hombre propone y Dios dispone. ¡Qué oportunos estos refranes!.Y no se puede saber de todo y tener buen carácter porque te salen amigos por todas partes. Y eso le pasa a Juan Carlos, que le pillamos cada vez que podemos para explicaciones de GPS, mapas y otras lindezas montañeras.

Así pues, yo continúo por el cordal y él se queda atrás impartiendo docencia. Llego a la última cima prevista y espero un tiempo hasta que la temperatura corporal me dice que es mejor que vuelva a echar a andar. Pienso que me lo encontraré a la bajada ya que hay que volver a descender por el mismo camino de subida hasta el collado.

Pues no, no nos vemos y sigo mi andadura con otros compañeros. UTMs, como suelo explicar: unión temporal de montañeros; te pegas al grupo que mejor se acomode a tu ritmo. Voy más despacio de lo que acostumbro porque el pueblo no está lejos y el autobús no puede arrancar hasta que el conductor no cumpla con sus horas de descanso.

Me quedo regazada y sola al lado de una majada en ruinas, comiendo sin hambre, por eso de hacer tiempo. La temperatura me vuelve a poner en marcha y llego al pueblo con un montón de horas de espera por delante. Trasteo un poco y me tienta un panel explicativo medio escondido en el suelo, que ha conocido mejores tiempos. Pues, ¡vaya!, me digo recurriendo de nuevo a los refranes "no hay mal que por bien no venga". Y, sin darme tiempo a vacilar, me dispongo a explorar esa pequeña golosina que me ha salido al paso. Pero no va a ser la única. De improvisto, se me acerca una perrilla que parece más deseosa que yo de lanzarse a la aventura. Le invito a acompañarme y se pone rauda en cabeza para descubrirme sus dominios. Le sigo, feliz. Esta vez mi ángel de la guarda ha tomado forma de perra. 


Cruzamos puentes y nos adentramos en el bosque. Trota ligera abriendo huella cuando seguimos el buen camino y me pisa los talones cuando nos apartamos, involuntariamente, de él. Vuelve a tomar la delantera, se vuelve a rezagar. Llegamos a una cumbre. Ella orgullosa; yo más. Le doy unos pedazos de pan y le digo que hay que volver a casa. Me lleva por otro camino, provocadora. Unas vacas que rumian tranquilas le llaman la atención. Le prevengo de las consecuencias que le puede ocasionar el molestarles y continuamos monte abajo. En un momento dado me planto y le pregunto "¿pero dónde me estás llevando?". "Tenemos que ir a casa. A casa". Intento alcanzar el bosque por el que hemos subido. Mal yo, porque las escobas son gigantes; peor ella, que tiene que movilizar cuatro patas en vez de dos. 




Se pega de nuevo a mis talones, aprovechando los piornos que tumbo a mi paso para apoyarse ella antes de que vuelvan a subir. Vamos tan cerca que le pego a menudo con los tacones de mis zapatillas en su morro. ¡Vaya par de dos!. Pero alcanzamos el bosque, precioso, encantado, y volvemos a seguir el tímido sendero de subida, contentas las dos, disfrutando de nuestra aventura.


Llegamos de vuelta al pueblo y pregunto a una señora por el nombre de mi guía-acompañante: Sira. 

Ocurrió en Piornedo, provincia de Lugo. Y el monte que subimos es el Pico do Agulleiro, de 1684 m. Pero para mí, siempre será el monte de Sira.