jueves, 30 de abril de 2015

Acequia y Central eléctrica de Urkioleta - Mati Sanz Rebato

La acequia

Estoy de duelo. Estoy sin mi muy mejor amigo. Estoy que no estoy porque le echo mucho de menos. El hippy está en la unidad de cuidados intensivos y yo vivo sin vivir en mí debido a su ausencia. El hombre seguía manejándose bien en el monte pero, al llegar a casa, no quería saber nada de conectarse al ordenador ni de disfrutar juntos reviviendo nuestras correrías. Algo tenía que hacer yo para que volviese a rendir al cien por ciento. Y le llevé al hospital y de allí le enviaron a la UVI. Y no es lo mismo. No es lo mismo ir en su callada compañía que ir sola. He decidido no trastear en lugares nuevos por empatía e intento ir a sitios conocidos para no poder darle envidia en nuestro reencuentro.

Edificio de la Central

El canal o acequia de Urkioleta ya lo habíamos recorrido juntos. Y también en compañía del rubio. Así que me voy hasta Mañaria, dejo el coche cerca del bonito edificio de la Central y me pongo en marcha. No es fácil dar con la subida si no la conoces. Yo tuve la gran suerte de que un empleado de la Central me guiase en los primeros metros. Fue a la vuelta de una incursión por Eskuagatx, después de trastear largamente por los alrededores de Errialtabaso. Solo quería saber por dónde acometer la subida. Ya estaba anocheciendo y una vez conocido el camino, ya volvería otro día. Me contó mi guía que cuando los obreros trabajaban en la construcción de la acequia el hijo de uno de ellos les subía a diario comida y que, según parece, tardaba 12 minutos del edifico de la central a aquélla. No sé con qué reloj lo mediría porque un poco de bilbaínada ya tiene la historia. 

Camino al embalse

En la salida que hicimos juntos, el rubio prefirió el agua a los equilibrios

Año de construcción: 1931

En esta ocasión, y una vez alcanzado el canal, quería llegar hasta el embalse y mirar si era capaz de encontrar el camino que conecta con el barrio de Arrueta, en Mañaría. Figura en los mapas pero una debe ser muy torpe porque lo he intentado en ambos sentidos y lo único que he conseguido han sido magulladuras. Una vez alcanzado el primer objetivo, debía volver un tramo sobre mis pasos para resolver el segundo punto del orden del día. El canal estaba a rebosar de agua y como hay que ir la mayor parte del tiempo haciendo equilibrios por cualquiera de las dos paredes que forman su estructura, el agua que iba en sentido contrario a mi marcha y las filigranas para no caerme consiguieron ponerme larri. Vamos, que me mareé como una pipiola.

Dejé el canal para visitar una bocamina. Había llevado frontal y como al hippy no le gusta andar bajo tierra, no sentí que le traicionaba. El suelo estaba bastante enfangado y el goretex de mis botas hace tiempo que brilla por su ausencia. El caso es que entre los pies mojados, el frío que hacía dentro de la mina y el tiempo que pasé queriendo sacar una foto decente, me quedé helada. 

Bocamina

Untxillatz desde la entrada a la mina

La huella de mi paso

Desde el interior de la bocamina

El sol fue la mejor de las caricias y la mejor de las calefacciones. Pero me esperaba un buen tramo de equilibrios con el agua corriendo hacia mis espaldas. ¡Dios mío! ¡Qué mareo! De larri pasé a estu eta larri, y las empinadas paredes para alcanzar Artikozabaleta (794 m) se me antojaban insalvables. Cuando encontré una breve parcela de hierba entre tanto karst puse cuerpo a tierra. Pasé de sentada a posición fetal a la espera de que se me pasara la tontera. Transcurrido un tiempo infinito, que me permitió darle muchas vueltas a la cabeza, eché a andar a paso escarabajo, con un cuerpo que no veas.

Me dio por pensar, ya ves, en las salidas que de vez en cuando hago en autobús aprovechando que un club de montaña va a una zona que me interesa. Y en cuando me escapo para meter propinas al recorrido marcado, apurando el tiempo al máximo. Y, barruntaba, ¿si un día me pasa esto mismo pero en vez de estar sola tengo a todo un autobús esperando a que yo vuelva? ¡Vaya cantada! No digamos si, como ya me han informado, el autobús se pone en marcha sin esperar mi llegada. Que haberlos, haylos. Que dejan a sus pasajeros tirados en la montaña a modo de escarmiento por salirse de la fila.

Terreno inhóspito

Anboto, Urkiolamendi y Saibi desde Artikozabaleta

Malamente alcancé el punto que tenía como siguiente objetivo, la cumbre de Artikozabaleta, y más adelante bordeé, por cobardía, la cima de Deaburu. ¡Toma humildad, bonita! Quién me iba a decir a mí que, a sabiendas, iba a dejar un buzón a menos de 10 minutos de distancia. Llegué a la majada de Akelarra, esperando que estuviese Aurelio, el pastor, para preguntarle por un mugarri que nos tiene encandilados al maixu Galé y a mí. No tuve suerte tampoco. Me senté a la mesa para comer algo y decidí subir la sencilla tachuela de Akalarra que hoy se me antojaba habitada por un gigantón que en ese momento se agachaba ¿para colocar una piedra? en su parte cimera. 

 A punto para cualquier banquete

El gigantón aparece por la derecha

 Mari descansa plácidamente ajena (o muy consciente) de mis peripecias

Por supuesto no había gigantón alguno. ¡Vaya vista y vaya imaginación las mías! Mejor tiraba para abajo por el embarrado camino hacia las últimas casas de Urkioleta y me dejaba de seguir haciendo el vaina por las alturas. Llegué a la barriada y allí me encontré con un paisano a quien pregunté por Aurelio. Ante su curiosidad le enseñé la dichosa foto a todo color que llevo en la mochila cada vez que voy por la zona. Tampoco me aclaró nuestras dudas pero quedó en indagar sobre el dichoso mojón con la inscripción RO 1864 que tanto nos intriga a Patxi y a esta aprendiz de exploradora.

El mojón de nuestros desvelos

Deaburu desde el camino de bajada

Borda en el col de Akalarra

Ya en la carretera, me quedaba recuperar el coche antes de poder plegar velas. Habrá que volver porque el asunto del mojón no puede quedar sin aclararse. ¡Anda que no soy yo cabezota! Pero en una próxima ocasión me libraré muy bien de ir a contracorriente haciendo equilibrios sobre las paredes de la acequia.

Y, por descontado, intentaré venir acompañada de mis dos amigos: el callado hippy y el rubio; quien, al contrario que el primero, siempre tiene algo que decir y no calla.