martes, 15 de marzo de 2011

Proyecto "Beatxi beti gure bihotzetan" - Eider Elizegi Telletxea





El 3 de septiembre de 2005, Bea y Eneko se calzaban los pies de gato en la base de la gran pared norte del Vignemale, una de las más espectaculares y comprometidas del Pirineo. Pero nunca llegaron a la cima. A mitad de escalada, un bloque cedió a la progresión de la cordada y cayó, golpeando a Bea y… truncando su vida. Cinco años después, Eneko sigue siendo un escalador de mucho grado y acumula en su currículo vías de escalada muy importantes.





Este proyecto consiste en la apertura de una vía nueva en otra gran pared de Taghia: llegar a terminarla será rendirle un homenaje a Bea y hacer que a través de las manos de Eneko, ella misma culmine de alguna forma aquella otra vía del Vignemale. Este proyecto es una aventura de escalada, pero es sobre todo un acto de amor. Beatxi beti gure bihotzetan.


Sami, Eneko y Bea


LA PARED

La pared elegida para la apertura de la vía se halla en Taghia, Marruecos: un paraíso inexplorado donde queda mucho por hacer desde el punto de vista de la escalada.

Taghia es una pequeña aldea de 400 habitantes, situada en el Alto Atlas, a 200 km al este de Marrakech y colgada a 1900 m de altitud. Se accede tras dos horas de camino a pie desde Zaouia Ahanesal, punto neurálgico de la zona, cruce de trashumancia y punto de encuentro local en el zoco semanal, a través del largo desfiladero que atraviesa el Akka (cañón) de Taghia. El poblado se encuentra rodeado de un circo de paredes cuya altura varía entre los 0 y los 800 metros.



Los abundantes manantiales regalan a sus habitantes una relativa prosperidad gracias a los numerosos cultivos que permite irrigar una antiquísima red de canales. La provisión de este escaso bien en el Atlas está asegurada por la existencia de una vasta meseta superior de roca caliza que el agua ha ido erosionando hasta trazar profundas gargantas donde, además, se puede desarrollar la práctica de la escalada.

Sus habitantes, del pueblo bereber o amazigh, combinan la agricultura con el pastoreo semi-nómada en las montañas. Allí arriba el pasto escaso y los enebros centenarios arrancan el agua que no consigue atrapar el cercano desierto del Sahara.

Desde la década de los 70 se han ido abriendo varias rutas de escalada de corte clásico. Pero hasta finales de los 90 no comenzó su verdadera eclosión con el equipamiento moderno de largas rutas verticales en las proximidades del pueblo.

Al final del cañón de Akka n´Tafrawt se encuentra situada la montaña de Jbel Bou Iourhlalène, de 2.744 m de altitud. En su vertiente occidental cae bruscamente en forma de espolón hasta hundirse en el fondo del cañón, dando lugar a un terreno de aventura vertical de 600 m. A principios de los 80 un grupo de escaladores franceses escalaron el espolón siguiendo la línea más evidente, diedros y chimeneas, adaptándose al material existente en aquella época (MD+, 600 m, 5+ A2, grado de los ochenta).

Treinta años después nadie ha vuelto a abrir una vía en dicha zona debido a su aislamiento y a la complejidad de sus dos opciones de aproximación: un largo cañón sólo transitable en otoño, cuando a la meseta superior casi no le queda agua tras el duro verano pre-sahariano, o un camino perdido de trashumancia con escasas referencias por parte de sus habitantes. Se desconoce si en las cercanías de la pared el cañón se suaviza para permitir un “campo base avanzado” donde permanecer el tiempo suficiente para la apertura de una vía de gran envergadura.

Según la mitología clásica, Atlas fue un gigante vencido por los dioses y condenado por Zeus a portar el cielo sobre sus hombros. Más tarde Perseo lo transformó en roca al enseñarle la cabeza de la Medusa, y se convirtió en el pilar sobre el que se apoya el cielo. Hoy no sabemos qué punto exacto del Alto Atlas sostiene el firmamento, pero es seguro que durante los días de nuestra aventura en el pilar nor-oeste del Jbel Bou Iourhlaléne, nuestro cielo estará sujetado por él.


LAS PERSONAS 


  Eneko Aira Begoña (Bilbao, 1972)


  Diego Fernández Galindo Katu (Iruña, 1978)


  Jordi Rovira Roqueta (Centelles, 1973)


  Alba Hernando Barrán (Basauri, 1982)


  Eider Elizegi Telletxea (Donostia, 1976)



Eneko contará con la ayuda de Katu, compañero habitual de escalada en pared, y de Jordi, que atesora experiencia en equipamiento de vías, durante la apertura de la ruta.


Pero antes de llegar a Marruecos, viajará durante 3 meses con Alba por diferentes escuelas de escalada y paredes de los Alpes y de Europa para terminar de ponerse en forma y pulir las técnicas que le exigirá este proyecto: parten con la idea de escalar 5 grandes clásicas de los Alpes. 


Nuestra intención es, además, recoger la apertura de la vía en un texto que escribirá Eider.

La estructura del libro se sostendrán sobre las dos líneas paralelas de las historias de las dos vías: la de Taghia, por un lado, y la del Vignemale, que justifica todo este proyecto, por otro.

En primer lugar, la calidad de los escaladores promete una vía de suficiente importancia desde el punto de vista de la escalada como para merecer ser contada; por otro, el componente humano, la historia que motiva la apertura, es lo sobradamente potente como para ser narrada.


Se  conocen muchas historias de gente montañera de élite que ha fallecido en la montaña. Pero Bea era una más de entre nosotros, una montañera apasionada pero anónima, una chica normal que entre semana acudía al trabajo y a los enredos cotidianos de su día a día. Sin embargo, su pasión por la Montaña y la escalada no era menor que la de cualquier escalador de los que salen en las revistas.

Por eso, queremos rendirle este homenaje, que es extensible a todos los compañeros que han fallecido en la montaña.