lunes, 23 de noviembre de 2015

Arlanburu (329 m), un monte para coleccionistas - Hamlet


En agradecimiento a Alberto G. por haberme puesto sobre la pista de una nueva aventura.

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y resuelta a no caer en el dicho popular me fui, por segunda vez en el plazo de tres días, a probar suerte en el caos de Atxarre con la lección, supuestamente, bien aprendida.


 Arlanburu desde la ctra. BI-2228

En aquella ocasión anterior llevaba un track de Matoni, fechado en enero de 2008. Coroné, no sin esfuerzos, la cumbre de Againdi, y al bajar intenté seguir el camino que el hombre había trazado en su día. Llegó un momento en que dije “bueno, ya basta”, y me di media vuelta con la firme convicción de que había hecho cuanto podía. Vueltas y más vueltas intentado buscar un resquicio, entre el caos de vegetación y piedras, que me llevase a concluir en el punto que él marcó en su momento. Al final vencieron la sensatez y… la niebla.

Cima de Againdi (369 m)

Niebla

Volví, entonces, derrotada sobre mis pasos, con los cinco sentidos puestos en el terreno. Un cruce marcado con un hito, que ya había visto en el camino de ida, me hizo caer en la tentación y probar suerte de nuevo. Seguí tiras de plástico y marcas de pintura hasta llegar (repetición de la jugada) a otro callejón sin salida donde perdí todo rastro de presencia humana o divina. 

Tentador hito

Di de nuevo media vuelta, de regreso al tentador hito y de este al PR que conecta con el camino a la cumbre. La aparente seguridad del PR hizo que por segunda vez perdiera el buen juicio. Seguí las marcas como si una sombra maligna, en forma de niebla persistente, me persiguiera. El día comenzó magnífico pero se tornó en pesadilla (al llegar a Bilbao leí en el periódico digital y escuché en el telediario, cómo la niebla se había apoderado del Botxo en cuestión de minutos; ¡y yo metida en el encinar cantábrico de Burretxagane, desafiando a la cordura!).

Afortunadamente todo acabó bien, aunque no seguí el track inicial (con el que finamente pude conectar en un determinado punto y que continuaba por el monte) sino que, en sabia decisión, pateé tres kilómetros de carretera bajo una niebla que hacía rato mojaba. Fin de la primera parte.

La niebla 

Así pues, como ya sabía lo que no tenía que hacer, fui de nuevo unos días más tarde con intención de unir unas cimas puñeteras que más o menos conocía con otra nueva para mí y que, por tanto, no sabía qué me depararía. Againdi (369 m) lo superé esta vez con nota –ventajas de ser una alumna repetidora. Conecté con el PR y probé suerte con Kanalaburu (321 m). Otra cota más para el bolsillo. Le tocó el turno a la centenaria Burretxagana (401 m), con trepadita incluida, pero muy bien balizada.

Ogoño con Talaia y Atxurkulu desde la subida a Burretxagana

Encina en Burretxagana

Burretxagana (401 m)

Si quieres soledad, visita estos laberintos. Intentar no perder las marcas constituye un ejercicio de concentración excelente. El que vino después es facilón, Armendua (388 m), con su vértice, buzón y la Cruz que mira a la mar salada.

 Cima de Armendua (384 m)

 Cruz de Armendua

Pasé por Tremoia, preguntándome a mí misma qué sorpresa me tendría preparada Arlanburu. Pero antes me encontré una subidita que parecía haber sido limpiada hacía poco y me planté en Larregane (265 m). Finalmente llegó el momento de atacar la pendiente en forma de pista cementada que sube a Arlanburu. Se pasa un primer depósito y luego otro. Y… se acabó. Kitto. No parecía haber forma humana de pasar el telón vegetal que me separaba de la cima. Miré y requetemiré. Busca que te busca. Y con un ¡que te den! me batí en franca retirada. Comprobé en el mapa que desde este depósito se enlaza con un camino que nace un poco más abajo y me dispuse a encontrarlo.

Larragane 265 m

Seguí un rastro de sendero, empinado a más y no poder, cerradito a ambos lados, y el dichoso camino seguía sin aparecer. Avancé con la esperanza de no tener que darme media vuelta porque el desnivel que estaba perdiendo era grande. Y continué descendiendo penosamente, siguiendo un caminito hundido en la espesura pero que parecía haber sido usado, en alguna otra época, con frecuencia. La incertidumbre no se me quitaba de encima, segura de que en cualquier momento mi buena suerte me abandonaría.

Vi entonces una gran casa (Axpe) más abajo rodeada de una valla. Confié en no encontrarme con un perro porque me temía acabar teniendo que saltar el cierre para proseguir camino. Luego vinieron las hortigas para que no me faltase de nada. Y, aunque parecía imposible, ahí estaba yo, por fin en la entrada de la casa y sin tener que practicar salto de vallas. De allí a la carretera solo me separó un largo suspiro. Consulté el GPS para saber la hora estimada de llegada al punto de partida. El tío no se equivocó ni en un minuto. ¡Cómo me fastidian los listillos!

A la hora de hacer recuento de daños, mis brazos lucían hilillos de sangre y los dedos de mis manos eran dueños de, al menos, media docena de puntos negros. Las piernas ya las comprobaría una vez en casa…

De regreso al hogar, le puse al corriente brevemente a Matoni, vía Wikiloc, de mi segundo intento fallido. Ya le había dado buena cuenta de mi primera experiencia sobre el terreno probando a seguir su viejo track. El hombre me contestó con gran prontitud y me dijo que se ha provisto de una sierra de mano para ir bien acompañado en terrenos complicados. Y en este segundo contacto le pido que cuente conmigo para ir juntos, sierra en mano, a abrirnos paso en esta selva impenetrable. Y así concluye la segunda parte de la historia.

Pero como tampoco tengo demasiada paciencia, y como no hay dos sin tres y una es muy cabezota, contacto con la máquina de trepar cotitas que es Asier y descubro que él ya ha estado en Arlanburu. Además, me pasa un track para darme en el morro (es broma, Asier; que yo también te quiero mucho, pero ¡tú tienes la culpa de que me meta por tercera vez en este laberinto de encinas, agujeros, piedras y zarzaparrilla!

Axpe y Arlanburu (329 m)

Así que vuelvo al lugar de los hechos, esta vez encaramándome por la ladera opuesta emulando al “cotero”[1] culpable de este tercer intento. Y hete aquí que hoy es mi día de suerte. Me encuentro con unas vías de escalada que no conocía y me froto las manos pensando en chivárselo a Miguel Ángel, mi mentor en los torpes comienzos en eso de trepar paredes. Cómo disfruto descubriendo secretos que compartir con los amigos. Solo va a ser el aperitivo de las otras dos sorpresas que me va a deparar la breve escapada del día de hoy.

Zona de escalada

Arteaga y marismas desde la cresta de Arlanburu

Avanzando por el cordal, todavía sin llegar a la cumbre, vislumbro sobre una roca un viejo buzón que despliega aún todo su atractivo. Objeto de deseo de muchos montañeros, entre los que me encuentro. Guasap en forma de foto para Asier. Buzón con forma de cebo para atraer presas ávidas de nuevas cimas.

Buzón de Arlanburu. Objeto de culto

Feliz, esa es la palabra, y ¡por tan poca cosa! Me atrevo a probar suerte siguiendo otro camino diferente del de anteriores incursiones. Y me topo con la tercera golosina. Kobaederra haitzuloa. ¡Hip, hip, hurra! Compruebo en el GPS que el camino que sigo me lleva en la dirección correcta, como una vez le oí decir a Ricar, defensor a ultranza de la brújula, y comienzo un descenso al Averno en toda regla. Baja que te baja hasta enlazar con el PR que seguí en mi tercera y última apuesta el día de la niebla.

Kobaederra haitzuloa

El jabalí paso por aquí (Arlanburu)

Salgo a la vieja conocida que es ya para mí la poco transitada carretera BI-2238. Voy como el perro de aquel anuncio de principios de verano, el que decía “él nunca lo haría”, pisando la raya blanca que marca la mitad de la vía.

 Él no lo haría

Pero no me siento abandonada, sino muy afortunada, por no mencionar una vez más a mi ángel de la guarda…que no será de sapiencia de lo que haga gala.

Luces de otoño en Arlanburu

[1] Si cotero no significa “amante de trepar todas las cotas”, que me perdone la licencia la Real Academia de la Lengua Española.