domingo, 5 de noviembre de 2017

Celebrando por todo lo alto el día de los difuntos. Las Riscas de Corosma - Hamlet

El Espejo



Somos más de una y de dos quienes opinamos que se hace muy difícil encontrar gente con la que quedar para ir al monte. Y es que casi se puede decir que por cada persona que salimos al monte hay una manera diferente de entender esas salidas a la montaña. Unos salen muy temprano, tanto que más parece que vayan a subir un ochomil que un monte de ochocientos metros. Van prácticamente siempre a los mismos montes y, aunque durante el paseo paren y vuelvan a parar, impidiéndote coger un ritmo, luego corren para llegar a casa a tiempo para la comida. Parece que tengan que poner la mesa o, que de no hacerlo ellos, no se fuese a comer en sus casas.

Otros van a pasar todo el día. Paradita para desayunar por el camino, paseíto, bajar a comer menú, sobremesa y… parecen no tener casa, oye. Nunca ven el momento de regresar. Y cuando tú les haces saber que quieres volver, te preguntan a ver si tienes prisa por llegar para pasar la aspiradora. Ni que las tías no tuviésemos otra cosa mejor que hacer en casa que las “labores” que hacían nuestras sufridas madres y abuelas.

A otros nos acusan de no disfrutar lo suficiente en el monte. Todo porque no paramos a comer o fumar en las cimas. Pero es que pocas costumbres conozco yo tan insanas como la de parar en una cumbre y sacar el bocata… ¡haga el tiempo que haga! Da lo mismo que luzca el sol que corra un viento helador. Hay que comer solo por el hecho de haber llegado a una cima.

Visto lo cual, hace tiempo llegué a la conclusión de que la mayoría de las veces lo mejor es ir sola. Salgo a la hora que quiero de casa. Voy al monte que me da la gana, ya sea archiconocido como si no lo conocen ni en su casa. Nadie me acusa de equivocarme de camino ni de no parar en la cima “a disfrutar”. Vuelvo cuando acabo la actividad montañera en sí y, al llegar a casita, en vez de pasar el aspirador y fregar los trastos del desayuno, disfruto como una enana volcando al ordenador el track que he guardado en el GPS y poniéndolo sobre un mapa.


Riscas de Corosma

Bueno, pues después de una introducción tan larga, desarrollo el título de la charleta. Es el día 1 de noviembre, hace un tiempo espléndido y los hayedos de Leciñana prometen estar en un momento más espléndido todavía. Decidido ya el destino, paro de camino a comprar el pan. Un preñao que no dura en la bolsa ni lo que dura el viaje y una torta de azúcar, tamaño caballería, que pasa a mejor vida dentro de mi estómago. Mejor dentro que pesando en la mochila.
La pateada inicial me aburre un poco. Pistas anchas y prácticamente sin ganar desnivel. Los hayedos que he ido a disfrutar me entretienen, pero necesito algo más de motivación. Después de más de cinco kilómetros andando empieza lo bueno. Las Riscas de Corosma me saludan por encima de los hayedos y esa roca horadada, bautizada como El Espejo, va camino de alegrarme realmente el día. 

Las Riscas y El Espejo.

El pequeño circo de piedras que se abre ante mi vista, más típico de zonas de Pirineos o Picos de Europa, es solo un espejismo, un equívoco preámbulo que esconde un sendero cómodo y evidente, que solo te depara una trepada fácil en su último tramo. Me acerco al formidable espejo y hago fotos y más fotos. Sonrío para mí pensando en la descripción que me ha llevado hasta allí y en lo peliculeros que pueden ser algunos dando explicaciones. O tal vez es que yo soy bastante sosa. La sonrisa se me ensancha cuando pienso en Lucio y en cómo disfrutaría él sacando fotos a semejante paisaje. También pienso en Miguel Ángel y en las ganas que le van a entrar de conocer el lugar cuando le enseñe mis fotos. Y en Asier, siempre ávido de tracks con recorridos cercanos a casa de los que disfrutar cuando sale de clase después de inculcar a sus alumnos “educación física”.

El sendero visto desde su parte media.

El sendero visto desde lo alto.

El Espejo 

Recorrido de gran encanto

Llego a lo alto de la meseta y me acerco a un par de cotas tontas: Alto de Corosma (1075 m) y Brazuelo (1075 m) porque ¿qué es una salida a la montaña sin subir al menos a una cima? Luego me acerco de nuevo al cortado para bajar por un camino que ya conozco. Es la segunda vez que bajo por aquí. La vez anterior estaba con el Rubio que, como es un cagueta, siempre hace que me enfrente a estos pasos  con mucha cautela. Ahora ya lo conozco y sé perfectamente por dónde bajar. Bien pegada a la base de la roca, por un precioso senderillo tapizado con hojas de color ocre; una auténtica delicia. 

Brazuelo (1.075 m) visto desde el Alto de Corosma (1.075 m)

La Sierra de la Magdalena con el formidable tajo entre Portillejos (1.066 m) y Peña Mayor (1.259 m)




De repente alguien me grita. “Aquí abajo”, dice para dirigir mi mirada. “¿Está ahí el camino?”. “Sí, contesto. Va pegado a la pared. Desde aquí estoy viendo la cueva y la cuerda que hay para acceder a ella”. “¿Qué cueva?”, me pregunta. Le invito a coger altura y cuando se acerca a mí le enseño la cueva. En un primer momento se temía que le estuviese proponiendo subir por una cuerda para vencer los cortados. Le aclaro que no, que la cuerda es solo por si quiere visitar la cueva. Me dice que es de Leciñana y que alguien le subió una vez por el camino por el que yo he bajado, que le gustó mucho y que quiere repetirlo.

El ojal de entrada a la cueva de Aguasal y la cuerda colgando por la canal de entrada

El Rubio de cuevas y de trepadas no quiere saber nada (observando mis andanzas desde abajo de la canal de entrada a la cueva)




Lo que son las cosas. Alguien de Leciñana, pueblo al que yo me he acercado después de conducir unos cuantos kilómetros, y con suficiente edad además como para conocer y estar de vuelta de todos estos parajes, escucha como una bilbaína le detalla la subida por el portillo y le anima a hacer una circular bajando luego por la peña horadada de El Espejo. Y es que, cuando un poco antes de despedirnos le he preguntado que por dónde iba a bajar después y me ha contestado “Por el mismo sitio”, no he podido reprimir otra sonrisa. ¡Qué grande poder celebrar —aunque sea sola, pero por todo lo alto— el día de los difuntos!

Último tramo de la subida por El Espejo con su fácil trepada.

2 comentarios:

Oscar Azumendi dijo...

Hay que dejar que todo el mundo disfrute del monte a su manera, pero madrugar el sábado no el domingo para ir al monte más que entre semana para ir a trabajar....me paece innecesario. El monte siempre está en el mismo sitio. abierto 24 h. al día. Disponible 365 dias al año.... No comparto esa obsesión de algunos por estrujar el monte como si estuviera en oferta y el mes que vinen volviera a su precio normal....

matilde sanz rebato dijo...

Los comentarios son prueba de que, al menos una persona, ha leído la entrada correspondiente en el blog. Porque no hay nada menos estimulante que un blog que no tiene lectores. Así pues, muchas gracias por comentar y dar tu opinión, Oscar.