miércoles, 13 de agosto de 2014

Con las botas en la mochila – Hamlet



Le tenía ganas. Y cuando ayer hablé con Miguel Angel y me dijo que él y la incipiente promesa para el deporte-aventura que es su hijo Ander habían pasado, me faltaron segundos para decidirme.

Es mi tercera intentona al Túnel del Juncal. La primera vez vine con Javi de cicerone. Él ya había estado más veces pero en aquella ocasión, y a pesar de ponernos bolsas de plástico en los pies para protegernos, el agua que cubría el fondo del túnel no nos permitió llegar muy lejos. 




En el segundo intento me acompañó Iñaki, mi hijo. Iba yo de guía y nos encontramos con un cadáver de vaca en la boca de entrada al túnel. Aparte de lo desagradable e insalubre de la escena, tampoco pudimos avanzar a causa del mismo motivo que la vez anterior: el agua.

No iba a dejar que el líquido elemento me ganara la partida una vez más. Así pues, esta mujer pegada a una mochila se ha preocupado de meter dentro de la misma un par de botas de agua, compradas hace un tiempo en una ferretería. De las de obra de toda la vida. Verdes y baratitas. 


Y así, acompañada del Rubio y del hippy, al llegar a la boca del túnel cambio mis inseparables zapatillas por las botas de goma, me ajusto la frontal y ¡para dentro! El muy cobarde del hippy nos abandona en cuanto entramos al túnel. El cagueta del Rubio no las tiene todas consigo pero prefiere tirar para adelante y acompañarme a quedarse allí a esperar. Se ha portado, la verdad. 

No sé por qué hago estas cosas. La Reineta me dice que no soy valiente sino insensata. Supongo que intento vencer miedos antes que los miedos me venzan a mí. Reconozco que tal vez sin la compañía del Rubio no hubiese tirado para adelante.






Pero lo hemos logrado. Chapoteando, con la bóveda artificial del túnel brillando a tramos, rodeados por la roca viva en otros, con calavera de vaca o caballo, que no lo sé, incluida, le hemos echado valor y ganas para, unos veinte minutos después, salir de nuevo a la superficie por el otro extremo del túnel. 




Luego seguimos por el borde del canal, subidos a su pared exterior, en un ejercicio de equilibrio encomiable. Solo cedemos cuando llegamos a alguno de los túneles que tiene en su trazado el canal; los bordeamos por fuera y de nuevo nos aupamos a la pared de cemento en cuanto podemos. 

Así llegamos al embalse. Nos sentamos a su orilla y picamos alguna cosilla. De aquí subimos a la Peña Negrera; doble cima que no merece la pena intentar. La primera cota se alcanza fácil pero la segunda te hace sudar como los negros. Supongo que de ahí le viene el nombre. 




Hemos tardado lo nuestro en alcanzar el camino que lleva al comienzo del sendero para ascender el Picorredondo o Pico Fidel (769 m). Y advierto que hay que ser muy purista para, una vez en la antecima, obstinarse en querer alcanzar el buzón. Hoy, aparte de los agujeros, el karst y la vegetación, estaba lleno de bichos. 


Luego volvemos a bajar al canal, de nuevo hacemos equilibrios, y cuando llegamos al primer túnel cambiamos el trazado de cemento por el suelo de tierra. El mapa que lleva el hippy nos apunta una fuente, la Fuente de la Mazuela, y me propongo alcanzarla. No la encuentro, lo confieso, a pesar de que el hippy me dice que estamos en ella; pero aquí no hay agua por ningún sitio. Supongo que necesita sentirse útil después de la espantada del túnel. Estamos en verano, le digo para animarle, y tal vez la fuente no lleve agua. 

Finalmente alcanzamos el collado de Jorrios pero pasamos de subirlo porque no tenemos ganas. El Rubio anda a falta de agua y cuando hace ya un rato hemos querido cobijarnos del sol bajo un haya solitaria, ha resultado que estaba repleta de bovejas (palabra utilizada en mi entorno para referirnos a las ovejas). Un poste direccional llama mi atención y nos desviamos unos metros de nuestro recorrido. Aviso para caminantes concienciados: respetar esta zona en esta época del año. Foto y vuelta a nuestro camino. 


Desde el collado ya se ve el coche donde lo hemos dejado. Bajadita relajada y vuelta a pasar por la boca del túnel. Le guiño el ojo y le digo “esta vez sí, eh?”. Pasamos por la fuente que hay junto al camino donde yo bebo y el Rubio se quita el barro. Y nos vamos felices para Cueto, su pozo y su palacio. 






A la tercera, la vencida. O, no hay dos sin tres. ¡Qué más nos da!¡Hip, hip, hurra!