viernes, 4 de diciembre de 2020

Medio KV Argalario, my way/a mi manera. La Arboleda - Hamlet


Tengo una cuadrilla de fieles que controlan mis andanzas que más parece de enemigos que de amigos. Las lindezas con las que me piropean son muy variadas: que si ya no tengo edad para hacer esas cosas, que vaya montañera de pacotilla… Solo una de ellas bastaría para bajar la moral y la autoestima a cualquiera. Pero os vais a fastidiar todos porque seguiré haciendo chorradas mientras la ilusión me empuje y las piernas me aguanten.

Hace nada me lanzaron otro de esos dardos envenenados. “Soy el organizador… patatín, patatán…  anímate y participa”. Así que al día siguiente y aprovechando que las circunstancias a las que todos estamos sometidos no nos dejan ir muy lejos, me voy a ver lo que se cuece sobre el terreno. ¡Hay que ver lo poco que cuesta convencerme para salir a la montaña! Llego al aparcamiento de El Regato, me pongo la mochila a la espalda sin siquiera quitarme el forro polar que llevo y… tira pa’arriba. Así, la muy machota, sin calentar y como si fuese una más de los participantes de la popular Subida a Artxanda. Subo ligerita, me despisto unos segundos en Santa Lucía, pero sin más contratiempos llegamos el sorprendido Rubio y yo al monolito establecido como meta, sudando la que esto cuenta a gota gorda y el otro como si tal cosa. Así a lo tonto.

Foto del momento y guasap a Tuco. Su respuesta en forma de emoticono no sé si significa que soy muy gallo o una gallina. Por si acaso, me voy a abstener de preguntarlo.

 

Monolito de Argalario


Desde Peña Mora se ve el mar

Mi compañero y yo seguimos progresando. En “las zonas expuestas” (esto de ver el tiempo en la tele enseña mucho vocabulario) hace un viento frío del carajo. Mendibil, Peña Mora y el atractivo paisaje de La Arboleda llamándome como a Ulises los cantos de las sirenas.  Y como quiera que “la mejor manera de vencer a la tentación es caer en ella” (eso no lo digo yo sino Oscar Wilde, ni más ni menos) allí que nos vamos el listillo y yo para combinar el montañismo con el turisteo. El viento frío cede según perdemos la poca altura ganada y el paseo entre pozos y esculturas hace que el atractivo del lugar sea aún mayor de lo que ya en sí es. La visita a La Arboleda  es del todo recomendable incluso ahora que bares y restaurantes se encuentran, obligatoriamente, con la persiana bajada y las míticas alubiadas en stand by. El parque es una delicia, lleno de esculturas y bonitos rincones. Lleno de historia reciente, con paneles colocados en un mirador que explican al curioso el pasado del lugar y la importancia de ese pasado en el paisaje actual. Disfrutón, no… lo siguiente, que dicen los modernos.


El tenedor con Peña Mora a su izquierda y Mendibil a la derecha

Museo al aire libre

Pirulí de Mendibil enmarcado por la escultura

Uno de los paneles informativos. Mendibil y Arnabal

El Rubio posa delante de otra de las esculturas


Así que después de este baño de cultura y de belleza, el Rubio y yo reanudamos nuestro camino. De nuevo de abajo para arriba. Hacemos cima en Arnabal y emprendemos la bajada para llegar al punto donde hemos iniciado la aventurilla de hoy. Pero, y esto se ha convertido en una enfermedad, no bajamos sin más sino que me dejo llevar por la curiosidad y, a veces, por la mala leche. Pero, ¿aquí no había una fuente? ¿Y dónde demonios está ahora? Cartelones desafiantes de Finca particular. Prohibido el paso. ¡Hasta en tres lugares diferentes! Sitios por los que yo ya me había metido anteriormente, entre ellos el camino que lleva a la singular cueva de El Elefante.

Llegamos de nuevo a la plaza de El Regato y prometo a Tuco enviarle mi track para que vea que he participado en el Medio KV de Argalario. Pero, sin cronómetro. Porque yo voy al monte a perderme y no a luchar contra un aparatejo, Albertuco Tuco.


Cueva del elefante


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