sábado, 10 de octubre de 2020

El Joracu del Cueto Cuñaba - Matilde Sanz


El Joracu de Cueto Cuñaba

Vestida con unos gruesos pantalones largos, llego a Cuñaba (Peñamellera Baja, Asturias) por la Senda del Jargu bañada en sudor, bajo una temperatura de más de treinta grados. También traigo dentro de la mochila unos guantes de jardinería y una pequeña tijera de podar. Y así se lo hago saber a esa buena mujer que está regando sus macetas y se ve obligada a escuchar mis lamentaciones, con los ojos muy abiertos. Me declaro segura de que ella, siendo del lugar, tiene por fuerza que saber cómo subir de la manera menos dolorosa al dichoso ojo, arco, ventana, Joracu. Le explico que cuando intenté llegar hasta allí el año pasado, junto a otros tres compañeros menos motivados, las árgumas/argomas impedían cualquier avance. En extremo prudente, le pasa la pelota a su marido a quien hace salir de la casa para darme explicaciones. El hombre sabe de lo que habla y le invito a que me acompañe, aunque sin éxito, por supuesto.

Cueto Cuñaba y su Joracu

Resulta que el track que llevábamos entonces no seguía el buen camino. En realidad, no seguía ni el bueno ni el malo porque mira que dimos varias pasadas y lo único que conseguimos ver fue que aquello estaba intransitable. Y ni un palmo ni leches. Todo un prado se interpone entre aquel maldito punto por donde nos metía el GPS y el lugar donde yo me encuentro ahora. Tampoco por aquí hay un sendero demasiado evidente, pero, vamos, infinitamente mejor que el que yo esperaba encontrarme. El caso es que si exceptuamos algún tramo de hierba muy alta y gigantescos helechos, esto está lo que se dice chupado. Así que llego al ansiado Joracu en un abrir y cerrar de ojos. Y subo a la cima del Cueto Cuñaba empujada por el entusiasmo. 

Más tarde, de vuelta al punto donde debo decidir si bajar por el camino utilizado para subir o seguir por la cresta hasta El Callejón, opto por esto último. Me explico: en aquel otro intento, al descartar la posibilidad de subir hasta el Joracu por donde nos marcaba el GPS, intuimos que las torres del tendido eléctrico de El Callejón (lugar más alto por donde pasa la carretera antes de comenzar el descenso al pueblo) podrían ser un buen principio para llegar al Joracu de forma alternativa. Avanzando lentamente sin rastro de sendero, conseguimos llegar hasta la parte alta del ojo y a la cruz metálica allí colocada. Pero alguien decidió entonces, por los cuatro que íbamos, que bajar al agujero o seguir por la cresta y así lograr nuestro objetivo no eran una opción; ni buena ni mala.

El Joracu

Cueto Cerralosa a través del Joracu

Cruz sobre el Joracu 

Cueto Cuñaba desde la cruz que hay sobre el Joracu

En resumen, que como sé que es factible, apuesto por recorrer la cresta para así completar una circular chula. Y de repente me veo en el suelo, sin saber muy bien cómo. El instinto me dice que tengo que agarrarme a donde sea. Mi frente roza una roca y mi hombro se golpea con ella. Y ¡ya lo creo que me agarro!; me agarro como una garrapata para, pasado el dolor del golpe, incorporarme y seguir casi como si nada. Alcanzo las torres de alta tensión, diciéndome en voz alta que es más fácil hacer el tramo de cresta de subida que de bajada; que resulta más evidente. Pero lo que de pronto se me hace horrorosamente evidente es que he perdido mis dichosas gafas. Con la caída aún demasiado presente, y aunque la distancia que me separa del lugar no es grande, no me quedan ganas de regresar para buscarlas. 

La cresta de Cueto Cuñaba vista desde El Callejón

Paso de nuevo por las casas de Cuñaba y me tomo un buen rato (en el sentido de bueno y de largo) charlando con un grupo de locales. Intercambiamos información. En mi caso, la agridulce circunstancia de haber llegado al Joracu, pero a costa de haber perdido las gafas. Ellos me cuentan que en cierta ocasión un fotógrafo pasó la noche junto al agujero. Me imagino que los amaneceres y atardeceres desde semejante atalaya tienen que ser únicos. También apuntan mi teléfono por si alguien encuentra mis gafas. Rezumando optimismo.

Cuñaba

Los días posteriores a la vuelta a casa desvarío pensando en recuperar las dichosas gafas y me convenzo de que las encontraría. Sin embargo, mi opinión cambia radicalmente justo la víspera de mi regreso al lugar del crimen: no las voy a ver ni de coña, me lamento. El caso es que si no voy, tampoco me lo perdonaría; así que me pongo en marcha, acompañada esta vez por el Listillo.

En esta ocasión subo con el coche; dejo atrás El Callejón y aparco cerca del camino de acceso por detrás del prado. Más tarde, ya en la cuenca del ojo, trepo por la derecha, para llegar justo donde nos retiramos los cuatro expedicionarios en aquel primer intento. La compañía canina no está muy por la labor. Cuando ve las cosas chungas, siempre se queda por detrás para, a la primera vacilación por mi parte, ser el primero en darse la vuelta. No obstante, después de comprobar por sí mismo que no hay otro camino por donde darme alcance, decide seguirme. Si pudiese vapulearme, lo haría, seguro.

Mi compañero de cordada y el lateral por donde subimos

Cuetudave, Ciruenzo Mayor, Las Verdianas desde el Joracu

Ya en la cresta, emprendo la búsqueda sin demasiado entusiasmo y no tardo mucho en darme por vencida. Además, consciente del terreno que piso, me felicito por la suerte que tuve: perdí unas gafas, pero me libré de una buena. No hay tres palmos seguidos de terreno donde no aflore una roca. Resignada, paso por encima del arco, junto a la cruz. Golfo no me sigue; solo lo presiento. Hay veces que prefiero no mirar para atrás. Hago como los avestruces; me creo que si no miro, no va a pasar nada. Llego de nuevo al ojo justo por el lado opuesto al que hemos subido y veo que mi compañero sigue en la parte de arriba. Tiene un olfato de la leche para localizar el camino exacto que hemos seguido y es incluso más cabezón que yo. Así que él vuelve por donde se ha ido... y punto. Además, no me puedo quejar porque es lo que le exijo normalmente. Despaciiito, le reconvengo. Porque es un ansioso y lo que en principio es miedo, luego se convierte en impaciencia.

Cueto Cerralosa a través del Joracu


Reunidos ambos, y antes de ir en busca de una nueva aventura, le decimos adiós a este magnífico Joracu que, siendo poseedor de una(s) vista(s) excelente(s) se encaprichó de mis gafas y, a buen seguro, no me las devolverá nunca. 


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